miércoles, 24 de abril de 2013

EL OJO FOTÓGRAFO DE YUL BRYNNER



¿Sabíais que Yul Brynner, ese carismático actor calvo de Los siete Magníficos, Los diez mandamientos o El rey y yo, era además de un gran actor un  ferviente aficionado a la fotografía?
Con cámara en mano, se paseaba por los rodajes de sus películas o de películas de amigos para captar los mejores momentos cotidianos en los platós. También solía retratar a amistades como Ingrid Bergman, Grace Kelly o Frank Sinatra fuera de los focos. Indudablemente tenía muy buen ojo y buen gusto para el arte fotográfico. Tras su muerte en 1985, su hija Victoria Brynner, a quién su padre inculcó esta bonita afición, hasta el punto de que hoy día es una reconocida fotógrafa en el mundo de la moda, decidió recopilar y publicar las fotos de su padre. Así que, al parecer hay hasta cuatro libros publicados con las fotos que el actor siberiano, realizó en largometrajes como Los diez mandamientos, Anastasia, El rey y yo, Los hermanos Karamazov, El testamento de Orfeo  ect.

A continuación os dejo algunas muestras de su talento con la cámara, ¿qué os parecen las fotos? ¿bonitas, verdad?

INGRID BERGMAN




DEBORAH KERR



DEAN MARTIN Y JERRY LEWIS



DALÍ  PINTANDO A AMANDA LEAR



AUDREY HEPBURN



FRANK SINATRA



VANESSA REDGRAVE




LIZ TAYLOR



GRACE KELLY



MIA FARROW



CHARLES CHAPLIN Y OONA



AUTORETRATO


martes, 23 de abril de 2013

TERENCE STAMP Y SU CANCIÓN PARA MARION



Es uno de mis actores favoritos desde que le descubrí en esa maravilla titulada El coleccionista de William Wyler y su personaje de Freddy Glegg, un apocado seuestrador enamorado de Samantha Edgar, de penetrantes y cautivadores ojos azules... Terence Stamp, fue uno de los actores ingleses más reconocidos y famosos de la década de los 60 en Inglaterra. Nacido en Bow, localidad cercana a Londres en 1939, debutó en la gran pantalla siendo aún muy joven, en 1962 con la película Escándalo en las Aulas de Peter Glenville y durante un tiempo compartió piso en Londres con uno de sus mejores amigos de juventud, el también actor Michael Caine. En seguida los grandes directores y productores europeos y americanos se fijaron en él, sobre todo tras su participación en el film La fragata infernal de Peter Ustinov por la que consiguió una nominación a los Oscars de 1962. Su consagración como actor le llegó de la mano de Wyler y El Coleccionista en 1965.


 Fue famoso también por sus conquistas, entre las que se encuentran bellezas de la historia del cine, como Julie Christie o Briggitte Bardot, aunque su relación más famosa y significativa de la época fue con una de las modelos más famosas de los años 60, Jean Shrimpton. A partir de entonces su fama subió como la espuma, siendo asiduo de eventos y fiestas de celebrities londinenses, y siguió trabajando en cine con directores europeos tan influyentes como Fellini  en Historias extraordinarias, Pier Paolo Pasolini en su Teorema o Ken Loach en Poor cow.










Pero su vida dió un giro de 180 grados con el fin de los años 60 y su relación sentimental con Shrimpton, causa que le provocó una fuerte depresión y su decisión de alejarse temporalmente del mundo del cine. Hombre reservado a pesar de la gran fama que había cosechado y de ser uno de los iconos sesenteros londinenses, marchó a la India donde se refugió en la meditación durante casi 10 años, alejado de todos los focos, hasta que un día de 1978 su agente se comunicó con él para presentarle el guión de Superman, la película que produjo su vuelta al cine y a ser de nuevo una cara conocida para el gran público. Después vendrían Superman11, en donde su papel era más extenso que en la primera parte de la saga y otras películas como Peligrosamente Juntos de Ivan Reitman, Wall Street de Oliver Stone, El siciliano de Michael Cimino o la española Beltenebros de Pilar Miró. Volvió a tener un despunte de máxima popularidad a principios de los noventa gracias a la película Priscilla, Reina del desierto donde daba vida a un transexual y a su pequeñisima participación en Star War: Episodio 1- La amenaza fantasma.


En los últimos años ha seguido haciendo películas de forma regular, aunque en mi opinión ninguna demasiado destacable por su calidad, salvo El halcón inglés de Steven Soderbergh donde interpretaba a un expresidiario basado en su personaje de la película de Loach Poor Cow.



Pero este año ha estrenado una bonita y humilde película inglesa, donde ha podido recuperar su brillo como actor magnífico que es a sus 74 años de edad. Me gusta mucho el cine inglés de películas como esta Canción para Marion, que destaca por su costumbrismo inglés, por su cotidianeidad, por su frescura y simpleza. En ella interpreta a Arthur, un jubilado que dedica su vida exclusivamente a cuidar de su mujer Marion ( interpretada por la gran Vanessa Redgrave) enferma de cáncer cuya ilusión mayor es participar en un coro para personas de la tercera edad de su barrio a pesar de que su marido, algo cascarrabias y huraño no ve con buenos ojos. Tras la muerte de Marion, Arthur poco a poco se vinculará más con ese pequeño grupo de jubilados cantores, y entablará una bonita amistad con la joven profesora del coro (Gemma Aterton), algo que le permitirá estar más cerca del recuerdo de su mujer compartiendo algo que a ella le hacía tanta ilusión y a través del cual dejará florecer su personalidad cariñosa y afable.

La película no es ninguna maravilla, ni nos cuenta algo totalmente original ni novedoso, también es un tanto predecible, pero tiene la esencia de las películas realizadas sin pretensiones, únicamente para hacer pasar un momento emotivo y romántico a sus espectadores y ya, aunque solo sea por eso, merece mucho la pena un visionado. Es emotiva, fresca, triste y a la vez divertida, como la vida misma, y en ella Terence Stamp, vuelve a ser ese gran y tan desaprovechado actor en los últimos años, deberían darle más papeles como este en Europa y dejar de participar en insípidas películas hollywoodienses.


Pero Stamp es un hombre polifacético, ya que además de actuar, también ha escrito varias novelas, entre las que se incluye su biografía editada en varios tomos (donde relata cómo fue su infancia durante la Segunda Guerra Mundial, sus años de esplendor en los sesenta, sus viajes por la India...) y un libro de cocina para celíacos, de gran consideración en Gran Bretaña.

Algunas de sus confesiones:

"Me han dicho que soy inusualmente clarisentiente (el equivalente en sentimientos de un clarividente) para un hombre. Y los sentimientos que son pertinentes para una escena surgen en mí de forma natural. A la cámara parece gustarle eso."

"Me considero un actor de cine y no de teatro, y me doy cuenta del hecho de que entre 'acción' y 'corten' hay una especie de intensificación de la energía. Y tiene que ver con estos grandes artistas y técnicos que llegan y construyen un espacio para tí. Construyen un escenario, traen objetos, te dan un traje... pero la abstracción consiste en que hay energía reunida y acumulada y creo que los actores de cine lo sienten. Yo, verdaderamente lo siento."

"Hay directores de cine con los que he trabajado que serían personas mucho más felices aprendiendo a ser mejores personas. En lugar de insultar a la gente y ponerla tensa y hacer que te den ganas de suicidarte, creo que la gente así debería quedarse en casa y leer unos cuantos libros. Creo que eso se aplica a mucha gente. Sufro eso... Lo digo porque yo mismo he pasado por ello, y fuí una de las personas más desagradables que podrías haber deseado conocer, y sólo ha sido desde que me empecé a poner a raya, que me he dado cuenta de que mi vida es mucho más feliz."

"Cuando Jean Shrimpton y yo rompimos, coincidió con el fin de los 60. Y puesto que había estado tan identificado con los 60, cuando terminaron, más o menos yo me terminé. Durante toda mi niñez había siempre imaginado que si era realmente guapo, rico y famoso, entonces mi vida sería mejor. Y entonces todas esas cosas sucedieron. Fue como un milagro. Así que cuando todo se derrumbó, pensé: '¿He sido tan feliz?' Y lo único con lo que realmente había soñado siempre era ver el mundo. Me compré un billete para dar la vuelta al mundo. Esto se prolongó durante unos diez años."

"Habiendo estado diez años fuera del negocio comprendí que el modo de perpetuar una larga carrera era simplemente profundizar más y más. Y el modo en el que yo profundizo es aceptando cosas que no he hecho, encarando cosas que signifiquen que tengo que franquear la barrera del miedo."

"trabajar con Steven Spielberg por el resto de mi vida. Sería felicísimo... pero Spielberg no me pedirá nunca hacer un film con él."


Fuente: 
http://www.loresdelsith.net/3po/bios/c_stamp.htm,
http://es.wikipedia.org/wiki/Terence_Stamp

martes, 9 de abril de 2013

SARITÍSIMA: UNA DIVA "MADE IN SPAIN"


Sin duda este Abril de 2013 está siendo un mes trágico para el cine español. Hace unas semanas, nos dejaba Pepe Sancho y en escasos 8 días, también lo han hecho Mariví Bilbao, Bigas Luna y Sara Montiel, Saritísima, la gran diva española de los años 60, a los 85 años.

Nunca fue ni una buena actriz ni una gran cantante y en los últimos años se convirtió, más que nada, en protagonista de la prensa rosa más cutre y chabacana. Pero lo cierto es que Sara Montiel, fue una de las artistas pioneras en abrir las puertas de Hollywood y no en una época cualquiera, si no en los años dorados del cine americano. Analfabeta hija de campesinos manchegos ( se aprendía los diálogos de sus películas de memoria según se los iban leyendo, aprendió a leer y a escribir gracias al poeta León Felipe) su deslumbrante e incuestionable belleza le abrieron las puertas del cine patrio de la mano del director de la revista Triunfo, José Ángel Ezcurra. Debutó al lado de Fernando Fernán Gómez en Empezó en boda, a principios de los años cuarenta, con tan solo 16 años.

Pero como el éxito en suelo patrio parecía retrasarse y ella quería ser una bomba, decidió emigrar a México, donde triunfó por todo lo alto, como ella siempre había soñado. Gracias a sus películas mexicanas, Hollywood se fijó en su racial belleza y la reclamó para Veracruz junto a Gary Cooper y Burt Lancaster. Después de realizar un puñadito de películas en Hollywood y de casarse con uno de los mejores directores del Western, Anthony Mann, a Sara Montiel le llegó el éxito rotundo y repentino en España con una modestísima película de lo más cañí, El último cuplé en 1957. No se lo pensó dos veces, dejó Hollywood , donde se había codeado con las más grandes estrellas (más fuera que dentro de la pantalla) y volvió a España hechizada por el éxito desbordante de la película y con el fin de convertirse en lo que fué: la gran estrella española de los 60, desbordando descaro sin pelos en la lengua y sensualidad en una España aún sumergida en el franquismo.


Tenía la lengua muy larga, muchos aires de grandeza y una personalidad excesiva y extravagante, sin duda todo ello fue lo que la catapultó al estrellato en su juventud y a las portadas del papel cuché durante toda su vida. Su lista de amantes fue interminable, desde el dramaturgo Miguel Mihura, pasando por el nobel Severo Ochoa y por sus 5 maridos. Toda una diva con vida excesiva, dejó el cine a mediados de los años 70 porque, según palabras suyas "el destape no era lo mío". Y vivió en su mundo de diva fantasiosa, donde ella seguía siendo la máxima estrella. Nunca le importó su declive, ni haber dejado pasar oportunidades para su renacer cinematográfico, como rechazar  participar en una película de Almodovar. Fue Saritísima hasta el último de sus días, como bien refleja una entrevista concedida al periódico El País, hace tan solo unos meses, en octubre de 2012, donde aún se percibía su pasión hacia su propia vida, donde nunca se ha llegado a saber  muy bien qué fue realidad y que ficción. Al fin y al cabo, como ella misma dijo: "Todo fue un sueño: lo inalcanzable, alcanzado. Como en un cuento de hadas".


A continuación, corto y pego alguno de los pasajes más interesantes de aquella entrevista concedida a El País:

" Lleva un vestido blanco y unas sandalias con incrustaciones doradas. Sus uñas –postizas– son verdes. Su pelo, rojo, recogido con una coleta. Acaba de lavarse la cara, no está maquillada. Solo se ha puesto un poco de Nivea sobre la piel bronceada, “secuela del verano en la playa”, cuenta. Se sienta, delicada, en un sillón gris de flores, suspira y coloca las manos sobre el regazo. Ahí está. Es Saritísima, la última diva.
Tiene 84 años (“nunca he ocultado mi edad”) y afirma –categórica– que sigue estando vigente. Amadrina este fin de semana el festival de cine de Almería AWFF, que además rinde tributo a su contribución alwestern. Y no piensa bajarse de los escenarios. “En primavera me pongo a dar conciertos. Y me va muy bien. Pero en diciembre y enero no hago nada, ¿eh? El año pasado hice seis galas. Me quieren mucho en toda España. Estoy dos horas en el escenario y todos salen encantados. Y no hago nada para cuidar mi voz”, dice mientras enseña orgullosa un póster de una actuación en Zamora del pasado junio. Aparece recostada, cubierta por una sábana rosa pálido y con un puro en la mano"
 Sobre El último cuplé

" No había quien financiara la película. “¿Para qué recuperar los cuplés?”. El productor Juan de Orduña escuchaba una y otra vez la misma pregunta. Tras tanta insistencia, su hermano logró conseguir un pequeño crédito gracias a un aval. Sara Montiel acababa de hacer Yuma en Hollywood y, previa advertencia sobre las limitaciones de rodaje, viajó a Barcelona para protagonizar El último cuplé.
Orduña quería que una “cantante profesional” doblara a la actriz en todas las canciones que tenía que interpretar, pero no hubo quien aceptara sin que le pagaran en el acto. Así que la protagonista tuvo que hacerlo. Pidió a la orquesta que bajara medio tono para adaptarse a su voz y comenzó a entonar Nena, Clavelitos, Ven y ven.
Fueron tres meses de rodaje llenos de obstáculos. Los decorados eran de cartón. Hubo a quien le tocó usar un vestido de papel. Se hacía una única toma de cada plano porque no había película para más. Un día, el director estadounidense Anthony Mann, entonces esposo de Sara Montiel, visitó el plató y, al ver la precariedad de medios con la que se trabajaba, concluyó que la cinta estaba destinada al fracaso. “Nunca había trabajado en condiciones tan malas. Después de haber estado en México y EE UU, esto era pésimo”, recuerda ahora la actriz, quien al acabar la filmación se fue a Nueva York.
Transcurría la primavera de 1957 y el teléfono comenzó a sonar con noticias inesperadas: “La película es todo un éxito. El cine Rialto está a reventar. La gente tiene que comprar las entradas con varias semanas de antelación. Esto ya es un fenómeno social”. ¡Por fin! Sara Montiel llevaba años soñando que un día, no muy lejano, fuera recibida en un aeropuerto por una multitud de gente y de fotógrafos (“como le ocurría a Sofía Loren”). Y ese día había llegado. Un gentío alborotado y decenas de flases le dieron la bienvenida en Barajas.
A partir de entonces, el éxito fue estratosférico. Comenzó a protagonizar una cadena de melodramas musicales. Puso su tarifa: “Un millón de dólares por película”. Ella misma elegía las canciones que iba a interpretar. También el vestuario, para que estuviera a juego con la escenografía. Y hasta el horario de trabajo: “Porque me negué a volver a madrugar. En México y EE UU tenía que levantarme a las cinco y media o seis de la mañana. ¡Nunca más!”. Se olvidó de Hollywood: “En todas partes cayó El último cuplé como una avalancha y en todas partes triunfó. ¿Quién, en un caso así, querría volver a hacer de india?”.
Sobre sus amoríos, sus experiencias, sus planes...

Con Gary Cooper y Burt Lancaster en Veracruz.
Se dice que intimó demasiado con Marlon Brando. “Ah, eso es por los huevos de Marlon. Lo conocí en 1951, en una película que él hacía con Frank Sinatra. Luego nos volvimos a ver cuatro años después, cuando él rodaba Sayonara. Una vez le dije: ‘Yo hago unos huevos fritos con ajos, a lo manchego, ¡que pa qué te cuento!’. Y ahí quedó la cosa. Como a las dos semanas, a las cinco de la mañana, Margareth, una criada divina, negra del sur, que teníamos Anthony Mann y yo me despertó: ‘¡Señora, Marlon Brando está en la cocina!’. Pues salí, le hice unos huevos fritos con ajos y un café que me salió buenísimo. Luego él no paraba de decir: ‘He comido huevos manchegos, huevos de la tierra de Don Quijote’. Muy majo. Compartíamos también el gusto por México, donde él había hecho ¡Viva Zapata!, pero nada más”.
Se dice que fue amante de Gary Cooper. “¡Ay, por favor! Jamás tuve relaciones amorosas con él. Fuimos amigos, y ya. Cuando lo traté, yo estaba con Severo Ochoa. Es cierto que si hubiera querido, habría hecho el amor con Gary Cooper. Pero no quise”.
En resumen, “se dicen muchas mentiras”, aclara, “y ninguna me ha afectado. Estoy acostumbrada”."
Junto a su marido, Anthony Mann
"Sara Montiel llegó al Distrito Federal acompañada por su madre en abril de 1950. “¡Ay, qué país México! Qué sitios, qué comida, qué gente. Una industria cinematográfica muy profesional, en plena época de oro. ¡Y la gente se podía divorciar! Una realidad que contrastaba con la España cutre que teníamos. Al instante me hice famosa. Cómo no, si me pusieron al lado de Pedro Infante. Hice tres películas con él. Y me hice mexicana, claro. Todavía tengo mi carta de nacionalidad en la caja fuerte. Cuando me casé con Tony Mann, en Los Ángeles, me casé con mi otro pasaporte, el mexicano”.

México contaba con refugiados españoles de primer nivel. Gracias a José Puche, que había sido ministro de Sanidad en la República de Juan Negrín, Sara Montiel empezó a rodearse de intelectuales. Ella, que nunca ha sido “mujer de escuela y universidades”, tuvo “al mejor maestro”: el poeta León Felipe. “León no soportaba que yo no supiera leer bien, que fuera tan ingenua, inculta. Me daba libros de historia de México. Y yo los leía, los copiaba. Así aprendí a leer y escribir. Me puso a estudiar teatro. Se enamoró de mí. Pero… yo no. Y creo que le decepcioné. A sus tertulias acudía gente como Alfonso Reyes o Pablo Neruda. Un día me presentó a Diego Rivera y a Frida Kahlo. Jamás imaginé estar con gente así”.Se había ido a EE UU sin hablar inglés (“lo aprendí fonéticamente, apuntando los diálogos como debía pronunciarlos”) para hacer películas como Veracruz y Serenade, donde conoció a Mann. Pero tras el éxito deEl último cuplé centró su vida artística en España, hasta que en los setenta dejó de filmar. “Después de Cinco almohadas para una noche me di cuenta de que el destape no era para mí. Era muy vulgar. Tuve muchas ofertas, pero no acepté”.

Bromeando con James Dean
Tampoco imaginó conocer a Hemingway. “Fuimos a Cuba a grabar unos exteriores y [la mecenas] María Luisa Gómez Mena organizó una cena para el equipo en su mansión. Invitó a más gente, entre ellos a Ernesto. Al acabar, salieron los criados con unos puros. Él cogió dos y me dijo: ‘No sé por qué me da que tú vas a fumar muy bien. Como la señora Gómez Mena, muy elegante’. Uy, yo casi me ahogo con el humo. Y él me dijo: ‘No tienes que tragarlo: no debe llegar más allá de la punta de tu lengua’. Y eso he hecho hasta ahora. Fumo de vez en cuando. Y sé que lo hago con la mano muy bien puesta. Hay mujeres que cogen el cigarro mal, arrugado, pero yo lo hago con la mano estirada. Me lo ha dicho mucha gente, y sé que tengo ese don.”

Junto a Hichcock



"Tiene nostalgia de sus amores. “Cuatro matrimonios y, ¡uy!, ya perdí la cuenta de los novios. El primero fue Miguel Mihura. Yo tenía 17 años y él 40. A León Felipe lo quise, pero no me enamoré. El gran amor de mi vida ha sido Severo Ochoa. Pero fue un amor imposible. Clandestino. Lo vi por primera vez en el consulado mexicano de Nueva York y me gustó de inmediato. Y yo a él. Pero estaba casado y, además, no pegaba que él estuviera investigando y yo haciendo películas. ¿Qué iba a ser mi vida con él? ¿Él en su laboratorio y yo tomando el té con las esposas de otros científicos? No. Con Tony Mann estuve casi siete años, hasta que nos divorciamos porque cada uno tenía sus planes. Chente [el empresario José Vicente Ramírez García-Olalla] fue un error. Quería que dejara mi carrera y se apropió de buena parte de mi dinero. Pepe Tous fue mi gran compañero, ¡27 años juntos! A él le debo el impulso de la faceta de cantante y principalmente que fue un gran padre para mis hijos hasta el último de sus días”.


“No soy la clásica señora. En absoluto. Estoy escribiendo y grabando cosas que publicaré luego o cuando muera. Tengo 84 años, ya no tengo mucho tiempo, soy consciente. Pero desde hace 54 años [cuando triunfó El último cuplé] no ha salido nadie como yo, que haga las taquillas que hacía yo. Tengo una placa en un cine de México porque estuve tres años con El último cuplé. Y eso no vuelve a repetirse. Mi éxito, lo que me pasó a mí, llegar a lo que llegué, ya es muy difícil”.
Y la época que usted protagonizó, ¿tampoco volverá? “Ya no. Porque se acabó el glamour de antes. Era otra manera de lanzar a las estrellas. Los estudios nos cuidaban mucho. Nos protegían. Una estrella no iba al supermercado a comprar un kilo de carne y unas zanahorias con unos pantalones cualquiera y la camisa por fuera. Hoy sí. Y por eso la gente no les tiene respeto. Ahora la gente no se mata por ver a una estrella, las tienen en anuncios, en la tele…”.
Ella sigue cuidando sus apariciones públicas. “Siempre visto de rojo, negro o blanco, un consejo que me dio Marlene Dietrich”. Disfruta hablando horas sobre su trayectoria. Pero siempre se guarda algo. Ha sido la primera española en Hollywood. Es la última diva. “Hay que mantener el misterio”, concluye.

Ver artículo completo en:
http://elpais.com/elpais/2012/10/12/gente/1350057827_636150.html

viernes, 5 de abril de 2013

LAS ILUSTRACIONES DE CHARLES GATES SHELDON



Charles Gates Sheldon (1889-1960) fue un famoso fotógrafo y dibujante americano de principios del siglo XX. Especializado en retratar a "mujeres hermosas" y pin-up, después de estudiar en la Arts Students League y de viajar a París donde fue discípulo de Alphonse Mucha, alcanzó la fama, como ilustrador de anuncios de estilo Eduardiano y Art Noveau. Trabajó como fotógrafo para prestigiosas revistas de moda durante los años 20, como Vogue, donde se centró en realizar fotos de lencería femenina y, más tarde, en revistas de género cinematográfico, como Photoplay, Motion Picture Classic, Screenland  entre otras muchas, donde destacó con sus retratos en pastel de las actrices de moda de la época, los cuales siempre aparecían en las portadas de dichas revistas.

CLARA BOW





CLAUDETTE COLBERG



DOLORES DEL RÍO



GINGER ROGERS



GRETA GARBO



JEAN HARLOW







KATHARINE HEPBURN





MAE WEST



MARION DAVIES



MYRNA LOY



SHIRLEY TEMPLE



CAROLE LOMBARD






JOAN GRAWFORD



GLORIAH SWANSON



MARLENE DIETRICH



MARY PHILBIN



NORMA SHEARER



OTROS DE SUS DIBUJOS EN PASTEL PARA DIVERSOS ANUNCIOS O REVISTAS DE MODA:














ALGUNAS DE SUS FOTOGRAFÍAS DE LENCERÍA PARA LA REVISTA VOGUE, DONDE SE APRECIA LA ACTITUD PIN-UP DE LAS MODELOS